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    <title>Hora De Cierre</title>
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    <updated>2025-06-23T15:31:45+00:00</updated>
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            Andrea Ixchíu y la resignificación del desarraigo
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                <![CDATA[Hora De Cierre]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ebn9m1y0v_rTkDo7Uq3Tso6pCa0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/andrea_ixchiu.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Carolina Amaya</p><p>Del exilio forzado a la reconstrucción del arraigo en tierras mexicanas, la defensora ambiental guatemalteca transforma la adversidad en una fuerza vital para su activismo, su comunidad y su emprendimiento.</p><p>En octubre de 2021, Andrea Ixchíu no sabía que estaba viviendo sus últimos días en Guatemala, el país que la vio nacer y en el que forjó su camino como defensora ambiental, comunicadora Maya K’iche’ y promotora cultural. Ese mismo mes, viajó a Glasgow, Escocia, para participar en la COP26, la cumbre climática más relevante del mundo. Fue allí, lejos de Totonicapán, donde recibió noticias que marcarían un antes y un después en su vida: su regreso a casa ya no era seguro.</p><p>“Me entero que está todo este proceso de criminalización y violencia. Y yo ya no pude volver. Literal, con la maleta con la que salí a la COP me quedé fuera del país”, recuerda Andrea, ahora establecida en México.</p><p>Desde entonces han pasado más de tres años. Lejos de paralizarse, Andrea ha transformado su exilio en un motor de creación, resistencia y transformación. Hoy, resignifica el desarraigo como parte de un proceso vital que impulsa su liderazgo en Futuros Indígenas, una red de activismo ambiental, y da vida a un proyecto familiar de cervecería artesanal: Chela Chicatana, un taller sostenible que florece en tierras mexicanas.</p><p></p>Repensar el exilio<p>Lejos de concebir el exilio como una experiencia únicamente de pérdida, Andrea lo confronta desde una reflexión crítica que desafía las nociones tradicionales.</p><p>“El exilio me ha llevado a cuestionarme mucho la idea clásica que tenemos de los años 80. Hoy implica una serie de violencias distintas: discriminación, precariedad, refugio deshumanizado, e incluso abandono por parte de algunas organizaciones que deberían acompañarnos”, advierte.</p><p>A pesar de estos desafíos, Andrea ha logrado potenciar sus proyectos personales y colectivos. Además de consolidar su rol en Futuros Indígenas, ha sido parte del nacimiento de Milpamérica, una nueva red social impulsada por líderes indígenas de Mesoamérica que busca disputar el relato dominante en el ámbito digital. Desde allí, impulsa un activismo que “hackea la conversación sobre la crisis climática”, dice, desafiando las narrativas impuestas por los poderes hegemónicos.</p><p>“Ante el odio que insiste en negarnos nuestra dignidad, que se empecina en perseguir nuestros sueños y tenernos lejos de casa, cuidar el corazón y sanar el espíritu es fundamental para habitar con fuerza, rebeldía y alegría el cuerpo, los nuevos territorios y seguir ampliando nuestras raíces”, escribe Andrea en uno de sus relatos más personales sobre el exilio.</p>Milpamérica: la disidencia digital<p>Tras su salida de Guatemala, Andrea se volcó al trabajo digital desde el colectivo Hackeo Cultural, donde se gestan narrativas desde y para los pueblos indígenas. De ese cruce de caminos nació Milpamérica, una plataforma creada por 25 defensores del territorio de México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica. El objetivo: construir una red propia que escape de los márgenes del modelo capitalista que domina las redes sociales tradicionales.</p><p>Aunque buena parte de su trabajo ocurre en el plano digital, Andrea mantiene una fuerte conexión con Guatemala. “Sigo vinculada con la bandita, haciendo laboratorios, manteniendo el contacto con la gente de mi territorio”, cuenta.</p><p>También ha encontrado comunidad en México. Forma parte activa de la diáspora guatemalteca que participa en Casa Centroamérica, una organización que acompaña procesos migratorios y fomenta el sentido de pertenencia entre personas desplazadas. Allí, según Amarilis Acevedo, coordinadora de vinculación comunitaria, Andrea es una figura clave: “Una mujer con conciencia política profunda, que con mirada anticolonial nos recuerda que tenemos derecho a habitar esta tierra, sin importar el nombre del país donde nos encontremos”.</p>Chela Chicatana: una venganza hecha con alegría<p>En octubre de 2024, durante una actividad comunitaria de Casa Centroamérica, Andrea presentó a su comunidad el fruto de un sueño compartido con su familia: Chela Chicatana, una cervecería artesanal que nació como acto de resistencia y de amor propio. “Nuestra venganza es ser felices”, escribió Andrea cuando comenzó a formular el proyecto.</p><p></p><p>Chela Chicatana no es una cervecería cualquiera. Inspirada en los valores de autonomía y respeto al territorio, utiliza ingredientes locales, evita conservadores y funciona con energía solar. Más que una bebida, es una celebración del arraigo reencontrado, de la memoria que fermenta en cada lote, de la alegría que resiste.</p><p>Así transcurren los días de Andrea Ixchíu: tejiendo comunidad con la diáspora centroamericana, hackeando las narrativas sobre la crisis ambiental y fermentando cervezas que cuentan historias de exilio, memoria y fuego ancestral. Una vida que no imaginó, pero que hoy abraza con dignidad, convicción y esperanza.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ebn9m1y0v_rTkDo7Uq3Tso6pCa0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/andrea_ixchiu.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Este texto forma parte de la serie Contar el Exilio, producida en colaboración con DW Akademie, el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión -IPLEX- y la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio -RELPEX-. Forma parte del proyecto Space For Freedom en el marco de la iniciativa Hannah Arendt financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.]]>
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                                <category term="cronica" label="Crónica" />
                <updated>2025-06-23T15:31:45+00:00</updated>
                <published>2025-06-23T15:31:49+00:00</published>
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            &quot;No es fácil andar rodando en otro país a los 76 años&quot;
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fO-eq3i0qL_H-45kTr300AwXSz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/anibal_espinoza.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Roberto Orozco B.</p><p>El destierro es una condena especialmente cruel para los adultos mayores. Con escasas oportunidades laborales, un sistema de salud inaccesible y el peso de enfermedades crónicas enfrentan no solo la precariedad material, sino también la angustia de la separación familiar. La nostalgia de sus raíces y el anhelo de reencontrarse con sus seres queridos los lleva a temer un destino trágico: morir lejos de casa.</p><p>Aníbal Espinoza, de 76 años, suele abstraerse de la realidad. Se sumerge en un limbo de incertidumbre, atrapado en el exilio forzado en una sociedad ajena, individualista y con casi nulas posibilidades de integración para los adultos mayores.</p><p>Actualmente reside en una ciudad de Florida, Estados Unidos, cuyo nombre prefiere omitir por razones de seguridad. La desconfianza y el miedo lo persiguen, un reflejo de los 12 años que pasó en el Ejército Popular Sandinista (EPS), transformado luego en el Ejército de Nicaragua tras la guerra civil.</p><p>Aníbal revive esa sensación de inseguridad cada vez que “mira hacia atrás” y recuerda lo que dejó atrás en Nicaragua. Su esposa, con quien estuvo casado 50 años, falleció el 7 de septiembre de 2022. No pudo estar en su velorio. Sus hijos, sus nietos y su hogar en un barrio leonés quedaron atrás cuando tuvo que huir de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.</p><p>La angustia de la distancia lo consume. “No es fácil andar rodando en otro país a los 76 años”, dice con resignación. Su historia no es única. Pedro René Montoya Baltodano, de 61 años, lamenta no haber conocido aún a sus dos nuevos nietos. Johnny Balmaceda, de 53, sufre la incertidumbre de no tener un techo.</p><p>Todos coinciden en que el exilio forzado a una edad avanzada es una lucha diaria contra la enfermedad, el desempleo y la marginación en sociedades que priorizan la juventud y discriminan a los “viejos”, especialmente cuando son migrantes y, para muchos, extraños.</p>El origen del destierro<p>Aníbal, Pedro y Johnny fueron perseguidos políticos en Nicaragua. Huyeron en distintos momentos, primero a Costa Rica, donde sobrevivieron en condiciones precarias durante casi cuatro años, y luego a Estados Unidos tras recorrer más de 2,520 kilómetros desde San José hasta la frontera con México.</p><p>Su "delito" fue haber reunido dos condiciones: ser militares en retiro y haber apoyado las protestas de abril de 2018. Pedro y Aníbal acompañaron al excoronel Carlos Brenes Sánchez en la placita de Monimbó, donde un grupo de militares retirados del EPS exigió la renuncia de Daniel Ortega y Rosario Murillo, a quienes responsabilizaron por la violencia y la crisis política de entonces.</p><p>Según organismos de derechos humanos, la represión estatal dejó al menos 355 muertos.</p><p>“Yo me tuve que ir de mi país de un momento a otro”, cuenta Aníbal. “Salí de una conferencia de prensa en el CENIDH (Centro Nicaragüense de Derechos Humanos) y me llamó un policía conocido para advertirme que no regresara a León porque había una orden de arresto en mi contra. Me aconsejó que huyera de inmediato”, relata.</p><p>Johnny también tuvo que huir. “El 28 de julio de 2018 me vi obligado a exiliarme por la crisis sociopolítica en Nicaragua. Para proteger mi vida, tuve que cruzar hacia Costa Rica por un punto ciego”, detalla.</p><p>Pedro y su hijo, de 16 años, participaron en las protestas desde el inicio. Antes de escapar, se escondieron durante 10 meses mientras el joven se recuperaba de las heridas de bala que sufrió en la brutal Operación Limpieza de julio de 2018. Cuando la policía descubrió su refugio, no tuvieron más opción que huir a Costa Rica el 9 de mayo de 2019.</p>Viejos y desplazados<p>La huida marcó el inicio de su suplicio. De dormir en parques bajo la lluvia en plena temporada invernal costarricense, a pasar hambre y desesperación por la falta de trabajo y refugio. Entre el frío y la humedad, recordaban los días en que tenían un hogar, una familia, un plato de frijoles humeantes y el café nicaragüense que tanto extrañaban. Las lágrimas fluían solas.</p><p>Un estudio de la Universidad de Costa Rica (UCR) identifica a los migrantes adultos mayores como un grupo de alta vulnerabilidad. Su condición de exiliados, viejos y nicaragüenses alimenta en Costa Rica un imaginario social de discriminación y rechazo.</p><p>La psicóloga Ruth Quirós Hernández, especialista en trauma del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, ha atendido a centenares de perseguidos y reos políticos. Sus hallazgos coinciden con los del estudio de la UCR: la soledad y la precariedad agravan la salud mental y física de los exiliados.</p>Pedro Montoya empuja una gigante carreta en el almacén donde trabaja en una ciudad de Ohio, Estados Unidos. Cortesía.Soledad, hambre y frío<p>Johnny describe la desesperanza de sus primeros días en Costa Rica. “El primer gran problema fue la soledad. Sin familia, sin dinero y sin techo, dormí en los parques La Merced y Central de San José, con hambre y frío. Intentaba descansar en las frías bancas mientras mi estómago rugía de hambre”.</p><p>Pedro recuerda con tristeza cómo su familia se desmoronó: “Toda una vida de más de 30 años de unidad familiar se destrozó. La separación fue devastadora”.</p><p>Quirós explica que la vejez trae consigo una mayor dependencia emocional. La separación familiar, en este contexto, se convierte en un golpe devastador.</p><p>Aníbal lo vivió de la peor manera: “No pude enterrar a mi esposa. Medio siglo juntos… me dolió muchísimo”.</p>El desafío de la supervivencia<p>Además de la distancia, enfrentaron otro desafío: la autosuficiencia en países donde el mercado laboral excluye a los mayores.</p><p>“Soy un ‘joven’ de 76 años y no tengo trabajo en Estados Unidos”, dice Aníbal con ironía. “Sobrevivo gracias a la ayuda de personas altruistas”.</p><p>La legislación costarricense protege el derecho al trabajo de los adultos mayores, pero solo para los nacionales. Para los exiliados, no hay políticas de apoyo.</p><p>Quirós lo resume con crudeza: “Costa Rica no está preparada para recibir a tantos exiliados forzados. Para los adultos mayores nicaragüenses, la situación económica y laboral es insostenible”.</p>Johnny Balmaceda repara una cocina eléctrica. Aprovecha sus conocimientos en electrónica para desempeñarse como técnico en los Estados Unidos, donde emigró tras salir de Costa Rica. Cortesía.Atención médica: un lujo inalcanzable<p>En Costa Rica, Aníbal, Pedro y Johnny no pudieron acceder a medicamentos básicos para la diabetes y la hipertensión. En Estados Unidos, la situación no es mejor.</p><p>“Aquí sí te atienden, pero después te llega una factura impagable”, explica Aníbal.</p><p>Pedro, ahora en Ohio, sufre el frío extremo sin acceso a medicinas. “El cambio de clima me afecta mucho. Solo me queda aliviarme con remedios caseros”.</p><p>El alto costo de la salud en Estados Unidos ha llevado a Johnny a la desesperación. “Cuando consigo trabajo, me explotan. Jornadas de 14 o 16 horas por un pago miserable. Me ha llevado a la depresión”.</p>Morir en el exilio<p>Los tres comparten un mismo deseo: regresar a Nicaragua antes de morir.</p><p>Pedro añora las madrugadas con su esposa, vendiendo pan y diseñando zapatos en su taller. Extraña el nacatamal de los domingos, el sonido de la marimba y las fiestas tradicionales.</p><p>“En mi pensamiento no se apaga la esperanza de ver a mi país libre y abrazar a mi familia”, dice con la voz entrecortada.</p><p>Porque para ellos, morir en el exilio no es una opción.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fO-eq3i0qL_H-45kTr300AwXSz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/anibal_espinoza.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Este texto forma parte de la serie Contar el Exilio, producida en colaboración con DW Akademie, el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión -IPLEX- y la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio -RELPEX-. Forma parte del proyecto Space For Freedom en el marco de la iniciativa Hannah Arendt financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.]]>
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                <updated>2025-06-11T14:56:04+00:00</updated>
                <published>2025-06-11T14:56:05+00:00</published>
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            Atemporal Trío: Música, exilio y transmutación
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Bejucal es cuna de formas de arte popular tan desobedientes como proféticas. Un arte que rara vez encuentra refugio en la academia, pero que pulsa en la calle, en los cuerpos, en las voces.</p><p>En este paisaje de creatividad indócil se conocieron Noslen Porrúa, Mario Miguel García y Jessica Zequeira, los tres integrantes de Atemporal Trío. Una agrupación marcada por la nueva trova, el amor por la música y, desde 2022, por el exilio.</p><p>Jessica y Nolsen viven ahora en Moreno, uno de los 135 partidos de la provincia de Buenos Aires. Una “zona oeste” a la que los porteños describen como selvática. No es un barrio céntrico ni turístico; no está a distancia caminable del Obelisco ni del Teatro Colón —aunque, en rigor, nada en Buenos Aires está a distancia caminable—. Llegar desde Moreno hasta la emblemática Mafalda de San Telmo exige varias combinaciones de transporte. Google Maps calcula casi dos horas de viaje.</p><p>Y, justamente por eso, es que eligieron vivir allí.</p>Jessica y Noslen son ahora orgullosos habitantes de Moreno, uno de los 135 partidos de la provincia de Buenos Aires. Una «zona oeste» selvática, como la llaman los porteños. No es un lugar céntrico ni turístico<p>—Nunca me gustaron las capitales para vivir —dice Noslen—. Creo que es Carpentier quien dijo que “nadie medianamente inteligente escoge una capital para vivir”. Yo no me considero inteligente, pero necesito estar al lado de la gente de la tierra. Si no, uno se enferma. Es simple.</p><p>Es 24 de diciembre. Me reciben en su casa, devorada por la vegetación, poblada por más perros de los que logro contar y una gata que no aparece. Jessica, reacia a dar entrevistas, me sirve café como quien recibe a un hermano que vuelve después de mucho tiempo. Todo resulta familiar. Se mueven entre preparativos para la cena de Nochebuena. Hay invitados de todas las edades y lugares.</p><p>Mario vive en Caballito, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, junto a su esposa Lisandra. Desde allí, puede estar en San Telmo en menos de 40 minutos. Su departamento es pequeño, pero suficiente para los dos, sus instrumentos, y una perrita llamada Pitu.</p><p>Me recibe el 25 de diciembre, apenas regresado de un almuerzo solidario en una iglesia local.</p>Mario vive junto a su esposa Lisandra en Caballito, un barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.Hermanos por la música, distintos por naturaleza<p>Mario y Noslen se definen como hermanos. La conexión entre ellos es profunda, aunque, a veces, parezca inconexa. Mario habla de Cristo Rey; Noslen, de Krishna y Buda. Tienen gustos disímiles, estilos opuestos para decorar sus casas, edades distintas —Mario es cuatro años mayor— y hasta tonos de voz contrastantes. Pero comparten la felicidad que les da la música. Y eso fue, quizá, lo que los unió. Eso y el Servicio Militar Obligatorio.</p><p>—En Bejucal, todo el mundo se conoce —dice Mario—. Más aún si compartís intereses culturales.</p><p>Mario descubrió la música en su infancia, con un disco de Los Beatles que era de su tío. Aprendió guitarra en talleres de la Casa de Cultura y en la iglesia, aunque su formación fue en gran parte autodidacta. Tocó en bandas como Rosa Náutica, No Parqueo y Manhattan —esta última de rock cristiano—, nombres que hoy le provocan una sonrisa.</p><p>A los 18 años lo llamaron para cumplir el SMO, pero le diagnosticaron bajo peso. “Volvé cuando subas unos kilos”, le dijeron. Nunca volvió. Durante cuatro años consecutivos recibió la misma respuesta.</p><p>En una de esas citaciones se reencontró con Noslen, recién graduado de la Escuela de Instructores de Arte y con un disco grabado en un estudio improvisado en La Habana. Mario lo escuchó y lo encontró “interesante”.</p><p>Se volvieron a cruzar en 2006, en una peña de artistas en Bejucal. Tocaron ambos. A Mario le impactaron las letras de Noslen, cargadas de crítica y cuestionamiento. Noslen estaba iniciando un camino espiritual que él mismo llama “transmutación”. Un proceso que marcaría su obra y lo prepararía para resistir lo que vendría.</p><p>—Cuando ocurre eso —dice— no hay regreso posible.</p><p>Empezaron a tocar juntos en 2007. Influenciados por la trova de Santa Clara, crearon Despeja X, luego rebautizado como Enfusión. Su primer concierto fue en marzo. Noslen recuerda aquel proyecto como un laboratorio sonoro. Experimentaron con trova, rock, funk, balada, country. Su disco Bendita indisciplina (2015) aún puede escucharse en Spotify.</p><p>La banda se mantuvo hasta 2019, cuando Noslen decidió retomar su camino como solista.</p><p>—Era el mejor momento del grupo —dice—, pero yo necesitaba volver a lo acústico. Había cumplido un ciclo. Me fui cuando más cómodos estábamos.</p><p>—Todas las bandas atraviesan crisis —añade Mario—. Son como relaciones de pareja. A veces hay divorcios.</p><p>Noslen impulsó una peña llamada Cantores y poetas, donde 12 músicos y 12 poetas compartían escenario. El espacio llegó a reunir hasta 300 personas. Pero su tono irreverente encendió las alarmas del Gobierno. En los muros de Bejucal comenzaron a aparecer frases de Lezama Lima y Virgilio Piñera. La provocación creció. Tras una presentación de Jorgito Kamankola, la pared amaneció con una consigna tajante: “Muerte al presidente Miguel Díaz-Canel”.</p><p>La represión no tardó. Noslen fue citado por la Contrainteligencia. Durante más de dos horas, lo interrogaron.</p><p>—Me sorprendió que sabían más de mi música que algunos periodistas —recuerda—. No entendían las canciones. Y lo que no se entiende, se vuelve peligroso.</p><p>La reunión concluyó con una frase de película: “Esto nunca ocurrió”.</p>De Bejucal al exilio<p>Julio de 2021. El país colapsa. La pandemia agrava una crisis ya insoportable. El 11 de julio estalla una ola de protestas. Bejucal no fue la excepción.</p><p>Mario se despertó con una resaca: la noche anterior, Argentina, liderada por Messi, había ganado la Copa América tras 30 años. Pero esa mañana, las redes sociales mostraban otra cosa: la gente en las calles exigiendo libertad.</p><p>Lisandra, desde Santiago de Cuba, le pidió que no saliera. Pero camino a casa se cruzó con amigos músicos que ya estaban listos para sumarse. Las calles del pueblo se llenaron con el ritmo de Patria y Vida y el clamor de cientos de jóvenes.</p><p>Al día siguiente, fue citado al Museo Municipal. La excusa era tratar temas presupuestarios. Salió esposado. En la celda conoció a Abelito, un adolescente negro y gay, que había sido arrestado sin explicación.</p><p>Mario pasó 13 días preso. Dio positivo a Covid-19, lo que, según él, lo salvó de las golpizas. Escuchó gritos, rezó, enseñó a rezar. Pensaba en Lisandra. Salió el 25 de julio. La vigilancia continuó. Le prohibieron actuar. Le quitaron el financiamiento. Lo asfixiaron.</p><p>Entonces, Noslen y Jessica —con quienes ya tenía un nuevo proyecto— lo incorporaron. Así nació Atemporal Trío. Pero cuando las autoridades se enteraron, ellos también quedaron fuera del presupuesto provincial.</p><p>En octubre de 2021, los cuatro tomaron una decisión: irse de Cuba.</p><p>—Nos vamos porque me van a matar de tristeza —dijo Mario—. Yo puedo ser herrero, si tengo libertad para cantar lo que quiero.</p>Atemporal en Buenos Aires<p>El destino fue Argentina. Podía haber sido cualquier otro país. Pero Noslen tenía contactos tras una gira previa. El 26 de abril de 2022, partieron con sus guitarras y una carta del Ministerio de Cultura argentino. Habían sido invitados a la Feria del Libro de Buenos Aires.</p><p>Dos autos conducidos por monjas los llevaron al aeropuerto. La policía los detuvo en el camino. Preguntas, revisiones. Primera señal de que el viaje no sería fácil.</p><p>En el aeropuerto, el vuelo fue cancelado. Pasaron dos días en un hotel cinco estrellas en Miramar. Nunca habían estado en uno. Noslen lo vivió como una luna de miel. Mario, en cambio, no halló paz.</p><p>El 28 de abril, finalmente, volaron. A Mario lo separaron en migraciones. Lo interrogaron durante 45 minutos. “Fue un recordatorio de por qué no debía regresar”, dice.</p><p>Al aterrizar, se abrazaron los cuatro. Sabían que no habría vuelta atrás.</p>«Ha sido un proceso difícil, pero buenísimo». Así me describe Mario estos dos últimos años en Argentina. «Es importante combatir el miedo. Ese miedo pasa (...) Si Dios me trajo hasta acá es para poder salir adelante».Música, trabajo y vida nueva<p>Su primer recuerdo de Buenos Aires es el predio de la AFA. Allí empezó su nueva vida. Una gira de cuatro meses, más de 50 conciertos. Luego vinieron los obstáculos: papeles, empleos, arraigo.</p><p>Vivieron juntos en una casa en San Telmo en proceso de remodelación. Allí asistieron a su primera misa en Argentina y encontraron su primera comunidad.</p><p>Hoy, Mario y Lisandra viven en Caballito. Él abrió un taller de herrería con otro cubano, Home Cuba Factory. Ella trabaja en un bar y estudia marketing.</p><p>—A mis 38 años, ya no quiero ser famoso. Solo quiero ser feliz. Y la felicidad es libertad —dice Mario.</p><p>Noslen trabaja con su moto como repartidor. Valora el tiempo que le queda para la música. Hace poco retomó la composición. La última canción que escribió en Cuba no tenía melodía. Porque, según dice, el duelo no tiene música.</p>Noslen retomó hace poco el ejercicio de la composición, tras una pausa de dos años. La última canción que compuso fue en Cuba, antes de su salida.Y si se sembró la duda / Se sembró el silencio / Se sembró en lo hondo / Se sembró en el centro...<p>Dos años después, Atemporal Trío sigue activo. Tienen proyectos para 2025. No revelan detalles, pero sonríen.</p><p>—Cuando necesito reconectar con Cuba, me miro al espejo —dice Mario—. Yo soy Cuba.</p><p>Noslen, en cambio, ya no se llama exiliado. Se considera ciudadano del mundo. Aprendió a soltar.</p><p>—No cargo más con el dolor —dice—. Si estás en otro país, hay una aventura que transitar. Y muchas cosas que te van a alimentar. El dolor nubla la lucidez. Las verdaderas transformaciones suceden tranquilamente.</p><p>El 26 de abril de 2022, mientras partían, Jessica le dijo que parecía que solo iba a comprar pan. Él se rió. Y se sigue riendo.</p>Mario habla de transformar el dolor del exilio en una aventura diaria, de reconstruir la vida que le fue arrebatada. «Cuando necesito reconectar con Cuba, me miro al espejo», dice. «Mi forma de cantar es la de un cubano. Mis hijos, si Dios quiere, serán argentinos, pero su padre será siempre cubano».]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8WH81o5jcjxJIeUEizGOmSc1z0Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/atemporal_trio_musica_exilio_y_transmutacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Este texto forma parte de la serie Contar el Exilio, producida en colaboración con DW Akademie, el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión -IPLEX- y la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio -RELPEX-. Forma parte del proyecto Space For Freedom en el marco de la iniciativa Hannah Arendt financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.]]>
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                                <category term="cronica" label="Crónica" />
                <updated>2025-06-06T00:37:23+00:00</updated>
                <published>2025-06-06T00:30:42+00:00</published>
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