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    <title>Hora De Cierre</title>
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    <updated>2026-09-16T23:42:50+00:00</updated>
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            Contar un país desde el otro lado del puente
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                <![CDATA[Hora De Cierre]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sxG7IzejVYPDdoUlS4smjs4RnKs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/periodistas_exiliados_de_el_salvador.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Daniel Valencia Caravantes*</p><p>“Me tiene sin cuidado que me llamen dictador…”.</p><p>La noche en la que el presidente inconstitucional de El Salvador pronunció esa frase, el periodista supo que tenía que abandonar el país.</p><p>Y no fue el único.</p><p>Minutos después, luego de que Nayib Bukele terminara un discurso en el que atacó a la prensa, una fuente le hizo llegar otro mensaje:</p><p>—¿Ya se fue? Le dije que los tienen en la mira.</p><p>Hacía dos semanas que había salido de casa cuando recibió aquella nueva advertencia. El tiempo se había agotado.</p><p>Al llegar a la frontera se imaginó lo peor, sobre todo porque en el último año y medio había participado en coberturas que incomodaron a funcionarios y sobre las atrocidades que ocurren en las cárceles del régimen: salvadoreños que mueren de hambre, con la piel en los huesos, enterrados en fosas comunes, sin identidad, desaparecidos del radar de sus familias, a quienes el Estado nunca les confirmó dónde los tenía presos, nunca les dijo que se habían muerto bajo su custodia.</p><p>El periodista perdió la paz. Hasta entonces, para él, la paz era un collage con tres imágenes: la primera, la de un niño que, en guinda, huye junto a su madre, tomados de la mano, de la balacera entre soldados y guerrilleros que se escuchaba cuadras atrás, donde antes estaba su pasaje y la casa en la que vivían. La segunda es la de varias familias de refugiados que comparten una olla de frijoles en una casa recién construida, todavía con olor a cemento fresco. La casa en la que viviría hasta los 21 años. La tercera es la de la firma de la paz, en enero de 1992, cuando entendió que aquellos hombres que en la tele se estrechaban la mano y aplaudían habían puesto fin, por fin, a la guerra.</p><p>El día que decidió irse al exilio descubrió que su nuevo concepto de paz sería la imagen de un puente colgante, con las palabras El Salvador a sus espaldas.</p>Medio centenar de periodistas huyeron de El Salvador entre abril y julio de 2025 por las persecuciones del régimen de Bukele.<p>***</p><p>Aquella no había sido su primera guinda por cuestiones laborales. Pero, por su seguridad, solo diremos que años atrás ya había tenido que refugiarse temporalmente a raíz de una investigación sobre agentes del Estado.</p><p>Esta vez, sin embargo, supo que sería diferente. Un punto de quiebre. Lo supo un martes por la noche, a las carreras, poco después de que el régimen de Bukele capturara a la defensora de derechos humanos Ruth López.</p><p>A López la sacaron de su casa con engaños y la acusaron de un delito que, a juicio de expertos, no tiene ni pies ni cabeza. Su proceso ha transcurrido sin garantías y es denunciado por su familia, sus defensores y organizaciones de derechos humanos. López era, si no la principal, una de las voces principales contra el régimen inconstitucional de Bukele.</p><p>“Si la han agarrado a ella, el resto estamos jodidos”, le dijo a un familiar.</p><p>En aquellos días, otra fuente le hizo saber un mensaje que no quería recibir: le dijo que ya estaba todo perdido, que la captura de López y la inminente aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros eran el inicio de una cacería contra voces incómodas y contra periodistas.</p><p>La ley habilitó una amplia intervención estatal sobre las operaciones de organizaciones de la sociedad civil, medios y personas naturales que reciben fondos extranjeros, además de imponer un impuesto del 30 % sobre esos recursos. También faculta a la Fiscalía para investigarlos y eso, en un país donde la Fiscalía está al servicio de Bukele, se siente como una doble amenaza, sobre todo después de que, en febrero de 2025, Bukele acusara sin pruebas a periodistas y medios independientes de formar parte de una red internacional de lavado de dinero.</p><p>El periodista entró en negación. Pero más tarde otra fuente le dijo por primera vez aquello que nadie quisiera escuchar:</p><p>—Tienen que armar maletas… Tienen que irse del país… Los tienen en la mira.</p><p>Lo que ocurrió después todavía duele: informar a la familia que quizá había que dejarlo todo, “primero Dios de manera temporal”, que “ya habrá tiempo para volver”. Luego buscar dónde refugiarse internamente, un lugar desconocido, cambiar rutinas, para que nadie pudiera seguir sus pasos. Porque, dice, no es fácil tomar la decisión de lanzarse al vacío sin un paracaídas.</p><p>Aquel mayo fue un mayo aciago. Hacía cuatro meses que no percibía un salario. Su medio, como buena parte de los medios independientes de la región, había sido golpeado por el recorte de fondos a la cooperación ordenado por la administración Trump. De la noche a la mañana, en Centroamérica, decenas de medios cerraron programas, se quedaron sin fondos, despidieron empleados o ralentizaron publicaciones.</p><p>Y, sin embargo, muchos periodistas, tozudos, siguieron investigando, viviendo de ahorros, haciendo dobles o triples empleos para poder garantizar una publicación. Otra periodista, también golpeada por los recortes y obligada después a salir del país por las amenazas, dimensiona qué significó cortarlo todo de tajo.</p><p>“Fue un golpe para mi proyecto de vida personal, que tenía como objetivo principal acompañar a mi madre en su vejez. Separarme de mi familia ha sido sumamente doloroso, pues son fundamentales en mi vida”, dice.</p>Guatemala fue un primer país de refugio para periodistas y defensores de derechos humanos. Al comienzo el miedo a ser perseguidos incluso en el extranjero era fuerte. El periodista aquí muestra un mecanismo de precaución que le permitía conciliar el sueño.<p>Ella, al igual que el periodista, al igual que muchos otros, sigue investigando. Y esa tozudez tiene una explicación de origen. En El Salvador de la posguerra floreció, a la par de otras expresiones culturales, una cultura periodística cimentada por generaciones maravilladas por las oportunidades que trajo la paz: el disenso, el diálogo, el cese de las represiones del pasado.</p><p>Ese gen periodístico se transmitió de generación en generación hasta las jefaturas y mandos medios del ecosistema independiente que hoy se resiste a morir pese al recorte de fondos y pese a Bukele. Es una prensa que investigó la corrupción de Arena, auscultó los gobiernos del FMLN y que, desde temprano, comenzó también a investigar al nuevo poder.</p><p>La respuesta del bukelismo fue una escalada sostenida contra esa prensa. Desde sus primeros meses, Bukele construyó un discurso que presentó a periodistas y medios independientes como adversarios; restringió accesos a conferencias y entrevistas, debilitó el acceso a información pública y, paralelamente, el Estado levantó su propio aparato de medios y propaganda. En 2020, durante la pandemia, crecieron además las presiones y auditorías fiscales contra periodistas y medios.</p><p>Luego, en 2021, apareció por primera vez una Ley de Agentes Extranjeros que podía asfixiar financieramente a organizaciones y medios que recibían apoyos de la cooperación internacional. Aquella iniciativa no avanzó entonces por presiones de la misma comunidad internacional interesada en la democracia del país.</p><p>Pero en mayo de 2025 el contexto era otro. El recorte de la cooperación ordenado por la administración Trump ya había golpeado brutalmente al ecosistema. En medio de esa fragilidad llegó la captura de Ruth López y, dos días después, la aprobación de la Ley de Agentes Extranjeros, con un impuesto del 30 % sobre los fondos recibidos del exterior. “La Ley de Agentes Extranjeros es una condena de muerte por asfixia al periodismo y a las organizaciones que no se doblegan al discurso oficial ni al oficialismo”, ha dicho Sergio Arauz, presidente de la Asociación de Periodistas de El Salvador.&nbsp;</p><p>Para el periodista, para la periodista, para muchos, el mensaje era claro. Para entonces, ni sus medios ni ellos tenían recursos para buscar un boleto, un refugio, para volar o partir por tierra hacia otro país, lejos del bukelato.</p><p>“Y esa precisión importa”, dice el periodista.</p><p>A diferencia de otros casos en la región, los periodistas salvadoreños venían de ser golpeados por el recorte de los fondos de ayuda. Estaban en coma cuando llegaron las amenazas, el amedrentamiento y la persecución.</p><p>Quienes salieron al exilio salieron prácticamente sin nada. Sin empleo, sin ingresos, sin futuro. Periodistas exiliados sin poder ejercer.</p><p>“Nuestro exilio no es igual a otros exilios ocurridos en la región”, dice el periodista. “A nosotros, a la gran mayoría de periodistas salvadoreños, nos tocó salir sin nada, apenas con maletas y un poco de ropa y sin futuro. No es lo mismo pensar en reportear a tu país desde fuera, con un proyecto, con trabajo fijo, que mirar a tu país sabiendo que ahora enfrentas dos realidades: sobrevivir en un país ajeno y ver cómo sostener a aquellos que dejaste atrás”.</p><p>La Red Latinoamericana de Periodistas en el Exilio (RELPEX) entendió rápido esa realidad. La RELPEX surgió seis meses antes del golpe a los periodistas salvadoreños y ahora la integran un universo de 500 periodistas de América Latina golpeados por persecuciones autoritarias. Con el nuevo éxodo salvadoreño, su apoyo fue clave. Gracias a esa red el periodista pudo salir, cruzar un puente, reescribir su concepto de paz. Escucharon su caso, vieron su urgencia y le apoyaron a él y a parte de su equipo para tener asegurado, al menos, un periodo prudencial en un país seguro. Un tiempo clave para tocar más puertas, conseguir más apoyos.</p><p>Allá, en ese otro país, descubrió a qué sabe el exilio. Sus trampas, sus desconsuelos.</p><p>Y descubrió también algo que desde fuera puede resultar difícil de comprender: salir al exilio no significa estar preparado para contar el exilio.</p><p>Sobre todo cuando a muchos los unía la desesperanza, la tristeza y la incertidumbre. Era el drama de haberlo dejado todo, una vida, familias incluidas. Y en ese drama también había mucho miedo. Miedo a un país ajeno. Extraño. Miedo a autoridades que pudieran estar coludidas con el régimen de Bukele. Paranoia de que pudieran ubicarlos, perseguirlos, enviarlos de regreso. Había demasiado miedo para decir: “me fui, estoy exiliado”, cuando eso podía ser perjudicial para las familias que se habían quedado atrás.</p><p>Pasó un tiempo antes de que el periodista pudiera declararse exiliado, por su propia boca. Y pasó todavía más antes de aceptar una entrevista para contar su historia. Lo hizo cuando ya se sentía más fuerte, cuando la soledad comenzaba a convertirse en costumbre, cuando recién habían regresado las fuerzas para hablar, para contar su experiencia, para decir esta boca es mía.</p><p>—¿Quisieras volver? —le preguntaron.</p><p>Asintió con la cabeza, porque no le salían las palabras. En su mente estaba su familia, el abrazo de sus hijos, de sus padres, las risas de sus amigos, los domingos con pupusas, el queso duro blandito, los encuentros con los de la mesa en el bar de siempre, la complicidad con los colegas que se quedaron y seguían intentándolo, pese a todo.</p><p>—Sí. Quiero volver. Más temprano que tarde vamos a volver —respondió.</p>Muchos periodistas han dejado a sus núcleos familiares y han atravesado rupturas y duelos en un proceso que los obliga a aprender a vivir en soledad.<p>Epílogo</p><p>El periodista y la periodista siguen ejerciendo, pese al exilio, pese a la ausencia de un salario y pese a las condiciones de refugio o semiclandestinidad. Se han integrado a una alianza de periodistas salvadoreños en la que comparten datos, conocimiento, reportería y edición para poder seguir publicando.</p><p>Pero no es fácil. Según datos de RELPEX, menos de la mitad de los periodistas en el exilio continúa trabajando dentro de una redacción.</p><p>El periodista ya ha pensado en dejarlo todo. Pero siempre que está listo para dar ese salto, la tozudez lo detiene. “Siempre he sido un convencido de esto: frente a la delgada línea que separa a los oprimidos de los opresores, el periodismo tiene claro dónde clava sus banderas. No podemos parar. Cueste lo que cueste”, dice.</p><p>La periodista también sabe que la posibilidad de replantearse otra vida está presente, pero tampoco desiste. Ella sigue “creyendo que el periodismo puede cambiar realidades” o, como mínimo, “documentar lo que está ocurriendo y tomar relevancia histórica”.</p><p>Siguen, pues.</p><p>En manada.</p><p>*Periodista salvadoreño. Dirige la Redacción Regional &nbsp;y la Alianza Periodística Intermedios (API).&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/sxG7IzejVYPDdoUlS4smjs4RnKs=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/periodistas_exiliados_de_el_salvador.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Periodistas salvadoreños, tozudos, hacen dobles o triples empleos para poder seguir publicando]]>
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                                <updated>2026-09-16T23:42:50+00:00</updated>
                <published>2026-09-16T23:42:30+00:00</published>
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            La resistencia de los periodistas exiliados no es suficiente
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kgWIchP16DKu34ySYQ5UEIQOqw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/perioidstas_exiliados.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Cecibel Romero</p><p>“Una de las razones por las que yo salí hasta el final y me mantuve clandestino es porque yo soy de los que quiero estar en el campo para contar las cosas. Y al salir de Nicaragua yo sentí que perdíamos una parte clave de todo lo que un buen reportero necesita tener que son los ojos”.</p><p>El fin del trabajo de campo en su país para Moisés Martínez, editor general del medio digital Divergentes, se concretó el 13 de mayo de 2024. Sin embargo, el éxodo de su redacción hacia Costa Rica había comenzado mucho antes: en 2021.</p><p>“Al inicio, cuando llegué a Costa Rica, sentí una mezcla de frustración y enojo… pero me dije: Yo no voy a darles el gusto de dejar de hacer periodismo como siempre lo he hecho, contando el país sin ataduras, sin censura”, añade Martínez.</p><p>Desde el exilio, la tarea se complica porque al cerco informativo impuesto por el régimen de Rosario Murillo y Daniel Ortega, desde hace 20 años, se suma la distancia y la necesidad de invertir más tiempo en verificar la información que llega a través de terceros, el monitoreo del discurso oficial y las redes sociales.</p><p>La persecución contra medios independientes se intensificó tras la crisis social y política de 2018. Según la Fundación por la Libertad de Expresión y Democracia (FLED) el gobierno ha cerrado 54 medios de comunicación, entre ellos cinco que fueron allanados y confiscadas sus propiedades, incluido el diario La Prensa, Confidencial, 100 % Noticias y&nbsp;Trinchera de la Noticia.</p><p>Desde entonces, la vigilancia constante, las amenazas directas y la criminalización de la práctica periodística obligaron a más de 300 reporteros nicaragüenses al exilio, según ha documentado FLED. Pero el intento de acallar las voces que relatan la otra cara de la propaganda gubernamental no ha sido totalmente exitoso.</p><p>Algunos periodistas han logrado seguir ejerciendo a través de plataformas digitales, como Donaldo Hernández, excolaborador de 100 % Noticias. Al llegar a Costa Rica en 2022, Hernández continuó como corresponsal de Voz de América hasta marzo de 2025, cuando la cadena cerró sus operaciones como parte de los recortes ordenados por el gobierno de Donald Trump.</p><p>Junto a cuatro colegas fundó el medio Realidades.net, para seguir haciendo memoria y contando las violaciones de derechos humanos que ocurren en su país. Mantienen ese esfuerzo con subvenciones y becas, aunque Hernández reconoce que la mayoría tiene que dedicarse a labores fuera del periodismo para sobrevivir. Solo él y otro colega están a tiempo completo: “Sentimos un profundo compromiso por seguir haciendo periodismo. Sabemos que la ciudadanía no tiene opciones para informarse y nos demuestran, con cada reproducción y con cada donación a nuestro canal, que nuestro trabajo vale la pena”, comenta Hernández.</p><p>Su dinámica de trabajo también cambió drásticamente. Ya no podía asistir al Congreso, a una audiencia judicial, observar y hablar directamente con las personas en la calle. Los procesos de verificación son más lentos debido a las estrictas precauciones para proteger a las fuentes o colaboradores en terreno.</p><p>Moisés Martínez también lo ejemplifica así: a la redacción de Divergentes le tomó cinco meses construir la historia que revelaron el 31 de julio pasado, sobre la fortaleza y equipo de seguridad que protege a la pareja presidencial; una serie de medidas que se intensificaron luego de la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro. “Nos toca trabajar con las fuentes para que midan los riesgos y no se expongan. Es una responsabilidad y un gran reto”, sostiene.</p><p>La oleada de exiliados salvadoreños</p><p>“El exilio de periodistas se dispara en todo el mundo”. Con este titular, la organización Reporteros sin Fronteras publicó el mapa de periodistas en el exilio el 20 de junio de 2026.</p><p>El gráfico es apenas una muestra del incremento de la problemática a escala global. En Nicaragua tienen registrado únicamente 22 exilios, la mitad hacia Costa Rica. En el caso de El Salvador, por ejemplo, no están consignados los números que a mitad de 2025 comenzaron a escalar de forma crítica, cuando decenas de reporteros y editores se vieron forzados a salir debido al incremento del acoso judicial, la vigilancia policial y amenazas directas a su integridad física.</p><p>La Asociación de Periodistas de El Salvador (APES) y la Red Centroamericana de Periodistas han brindado apoyo a 53 periodistas que, desde mayo de 2025, se vieron obligados a desplazarse de forma forzada.</p><p>Sergio Arauz, presidente en funciones de la APES y subjefe de redacción del periódico digital salvadoreño El Faro, tuvo que enfrentar su propio exilio al tiempo que coordinaba el apoyo y la protección para sus colegas obligados a salir del país.</p><p>Un poco más de un año después, reflexiona sobre cómo ha procesado la nueva realidad laboral. “Perdés un acceso importantísimo a información en el territorio, porque perdés un país, básicamente. Pero, viendo lo positivo dentro de lo perverso, el balance personal que yo hago es que ganás libertad de decir sin miedo. Claramente, te quitás un tapón de la boca”, señala Arauz.</p><p>La autocensura es uno de los mecanismos que muchos periodistas y medios salvadoreños han tenido que poner en práctica, desde hace algunos años, para evitar los ataques digitales y algún tipo de represalia estatal.</p><p>En el caso de El Faro, hubo una decisión de trasladar las operaciones administrativas a Costa Rica en 2023, tras la intensificación del acoso fiscal y legal. Sin embargo, la ola represiva que el gobierno desató en mayo de 2025 contra defensores de derechos humanos, sumada a las advertencias que recibió la redacción sobre posibles órdenes de captura, terminó por forzar también al exilio de buena parte de su equipo periodístico. Actualmente, continúan publicando bajo un esquema de cobertura remota.</p><p>“El Faro tiene ojos y oídos en El Salvador y eso le da la posibilidad de mantenerse vigente”, insiste Arauz. Este veterano periodista añade que el oficio en el país sigue vivo gracias al compromiso de los profesionales que continúan afuera y, en el territorio, ejerciendo una labor ética.</p><p>¿De qué depende que en El Salvador no se apague la llama informativa? Sergio Arauz da una respuesta doble: “Creo que depende de la capacidad de resistir de las personas que hacen periodismo y de las instituciones que defienden el periodismo.”</p><p>Resistencia y sostenibilidad</p><p>Antes de que terminara el agitado mayo de 2025, el congreso salvadoreño dominado por el partido oficial del presidente Nayib Bukele aprobó la Ley de Agentes Extranjeros. Dicha ley impuso un impuesto del 30 % sobre los fondos que las organizaciones de la sociedad civil reciben desde el exterior. Esto ha generado el cierre de al menos cinco organizaciones o el traslado de las operaciones hacia a otros países, según el informe “Un año de periodismo bajo persecución y exilio”, de la APES.</p><p>Estas nuevas exigencias se combinaron con otro golpe al modelo de gestión que habían sufrido meses antes los medios independientes, no solo en El Salvador: el cierre de los programas de cooperación que canalizaban fondos de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).</p><p>Ante esta situación, iniciativas como la Red Latinoamericana de Periodistas en el Exilio (RELPEX), de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), ha activado mecanismos de acompañamiento y monitoreo para proteger a los comunicadores que enfrentan el desplazamiento forzado. En su registro, cuenta ya con 467 personas periodistas inscritas en la RELPEX. La SIP también capacita y visibiliza los patrones de persecución que azota a las redacciones de la región, especialmente las que conviven con regímenes autoritarios.</p><p>Al igual que otras instituciones, la RELPEX ofrece fondos de emergencia, asistencia legal y sicológica oportuna a quienes lo soliciten. Sin embargo, uno de los programas que ha marcado la diferencia es el de empleabilidad, el cual tiene tres vertientes de ejecución: estipendio mensual, fondos de producción y becas de producción periodística.</p><p>“Si bien muchos recursos se destinan a otro tipo de aproximaciones en la atención al ecosistema de medios, las transferencias directas se han probado necesarias para mejorar el bienestar de las personas periodistas, algo básico para que siga existiendo periodismo independiente en estas condiciones adversas”, expone Mariana Belloso, coordinadora de la RELPEX.</p><p>Divergentes, la plataforma de noticias e investigaciones sobre Nicaragua y Centroamérica, ha sido uno de los 13 medios beneficiados por este programa de empleabilidad. En El Salvador, la iniciativa le ha permitido a Voz Pública mantener una agenda de trabajo orientada al fact checking o verificación del discurso público, una de las apuestas informativas que ha caracterizado a este medio salvadoreño desde su fundación, hace seis años. “Son programas muy bien diseñados. Nos ayudó muchísimo contar con recursos, de manera ágil y oportuna, para que el periodista pueda seguir haciendo su trabajo”, afirma Wendy Monterrosa, directora de Voz Pública.</p><p>Tal como lo señaló Arauz anteriormente, este tipo de financiamiento muestra el rol determinante que juegan la asistencia técnica y los fondos de cooperación para evitar el colapso del ecosistema digital mediático regional; un factor operativo que se complementa con el compromiso de las redacciones por mantener la fiscalización del poder, aun en contextos asfixia y persecución.</p><p>“La sociedad salvadoreña no tiene absolutamente nada, ninguna garantía, ni derechos, ni libertades y lo único que la gente tiene ahora mismo con este gobierno autoritario y represivo es el periodismo independiente. Si el periodismo independiente se elimina, la gente ya no va a tener absolutamente nada”, expresó de forma tajante Monterrosa.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8kgWIchP16DKu34ySYQ5UEIQOqw=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/09/perioidstas_exiliados.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>El reporteo a la distancia no alcanza sin el respaldo de instituciones que protegen el periodismo.]]>
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                                <updated>2026-09-08T13:14:26+00:00</updated>
                <published>2026-09-04T19:18:26+00:00</published>
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            Decidí seguir: testimonio de un periodista en el exilio
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/emzzdsMs1ABZOpzbLz2iyhcoY0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/octavio_henriquez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Octavio Enríquez*</p><p>Una manera de explicar la salida masiva de periodistas de Nicaragua fue compararla con una evacuación de emergencia. Nos vimos en medio del desastre y había que salir del país para sobrevivir. El poder nos colisionó.</p><p>Pero la expansión de los autoritarismos se suma a un paisaje cada vez más brutal contra las libertades en la región. A veces son tantos conflictos que dan ganas de bajarse del globo, como pensó Mafalda. Yo preferí quedarme.</p><p>Veamos mis razones: Primero las personales. En el jardín de mi casa yo tenía una gardenia, el retrato de mi padre sonriendo un día antes de morir. Tenía una biblioteca e iba creciendo un árbol que sembré. Aquel lugar fue nuestro hogar; un domicilio donde vivieron mis hijos cuando eran niños, su perra, un conejo, una gallina, y un gallo que me ayudaba con su canto a que las clases que impartía en línea fueran menos aburridas.</p><p>Dejar eso duele, pero debo mirar hacia adelante. Cumplí cinco años en el exilio en 2026. Y no ha pasado un solo día en que haya dejado de reflexionar sobre la importancia del periodismo.</p><p>Para nadie de los que hemos vivido esta experiencia, esto ha resultado fácil. Hay noticias gratificantes, por supuesto, en el camino. Fui viendo crecer a mis dos hijos adolescentes en un ambiente seguro en España con amigos centroamericanos, españoles, africanos y chinos.</p><p>Si bien el exilio inició como una evacuación de emergencia, se convirtió rápidamente en una crisis permanente por la persecución de los medios independientes, el problema para encontrar un nuevo modelo de negocio y la crisis de la falta de financiamiento. Todo se volvió una tormenta perfecta en el auge de la desinformación, es decir, cuando el periodismo profesional es más urgente.</p><p>Los periodistas se quedaron sin opciones laborales. Cualquiera volvía a ver a medios grandes en América Latina. Todos estaban en misión supervivencia. El periodismo literalmente convertido en un acto de fe. Yo creo en el periodismo.</p><p>En algún momento estudié almacenes para tener otra opción con que ganarme la vida. No era una mala idea, probablemente estuviera más tranquilos desde el punto de vista financiero. Vivo en una ciudad donde hay muchos y no me era indiferente este tipo de trabajo, porque mis padres tuvieron una tienda en el mercado Oriental en Managua. La idea de trabajar con mercadería entonces ya la conocía desde mi niñez, lo mismo que la atención al cliente. Pero quise seguir con el periodismo.</p><p>Aprendí muchísimo en mi curso de almacenes. Tengo otra profesión que puedo ejercer si las cosas no siguen bien en el sector periodístico en los años venideros. En mi etapa de estudiante, mis amigos españoles me decían “el profe” con cariño cuando me subía a un “torito”, como llaman aquí a las montacargas.</p><p>Les conté mi historia. La mayoría fueron solidarios ante el abuso de poder contra mi familia y yo. Me gradué. Fui hacer mis prácticas a una empresa. Pero yo sentía que, si me metía a trabajar en eso, moriría mi oficio periodístico. El exilio es una pragmática adecuación a la realidad, pero yo preferí ser terco.</p><p>Uno de mis maestros de periodismo, Danilo Aguirre Solís (DAS), quien fue director de El Nuevo Diario, me dijo en mi juventud que nuestro trabajo era tan necesario como el pan.</p><p>Para él este trabajo no es algo común, donde solo se cobra el salario. Todos los días se subía a su microbús y escuchaba siempre la radio. Tenía un periódico en la cabeza. Lo del pan, mencionado por DAS, como le decíamos sus alumnos en la redacción, siempre me gustó.</p><p>Pienso en esa frase habitualmente en el exilio, aplicándola a contextos autoritarios. Contra el intento de censura, debe brillar siempre la calidad del periodismo.</p><p>Según la Fundación por La Libertad de Expresión y Democracia, 310 periodistas y trabajadores de medios salieron de Nicaragua al exilio desde 2018. A pesar de que algunos se han retirado —para buscar otros trabajos con los cuales sobrevivir, lo cual es legítimo y racional— hay otros que continuaron. El esfuerzo para que lo logren ha sido colectivo.</p><p>Quiero referirme en este artículo al trabajo de las organizaciones por el periodismo independiente. Les voy a dar dos ejemplos internacionales relacionados con este esfuerzo de mantener el periodismo vivo: Uno es la plataforma latinoamericana Connectas, dedicada al periodismo de investigación que me acogió en el momento más crítico, donde nunca me faltó un amigo. En ese lugar, cada vez que vuelvo, me siento en casa.</p><p>Las redes profesionales han sido fundamentales para investigar al poder y formarnos como editores. A mí Connectas, me enseñó muchas cosas más. No solo lo técnico, también lo humano, porque siempre encuentro a alguien con quien comparto valores adonde viajo.</p><p>El otro sistema del que quiero hablar es la Red Latinoamericana de periodismo en el exilio (Relpex). La Sociedad Interamericana de Prensa creó un programa para periodistas en el exilio, en medio de las urgentes necesidades de quienes todavía siguen ejerciendo. Tiene 500 miembros.</p><p>El respaldo se extiende a medios de comunicación y ha permitido la publicación de reportajes e historias de interés público.</p><p>La gran tragedia es que el fenómeno de periodistas forzados a irse de su países va en aumento. El poder considera al periodismo como enemigo. Eso, por supuesto, no es nuevo, pero asusta ver como profesionales de distintas partes del mundo comparten, además del amor a su trabajo, la persecución.</p><p>El periodismo ayuda a formar criterios. Ese es un elemento esencial para el espacio democrático que obviamente no desean los tiranos de nuestra región. Si los latinoamericanos saben de lo que han sido capaces los autócratas de nuestros países es porque hubo periodistas y medios valientes que lo documentaron. Hay mucho que agradecer a nuestras fuentes y a las víctimas que han contado su testimonio, pero el periodismo es vital para hacer caer las máscaras de tantos perpetradores de abusos.</p><p>Hace algunos años, yo expresé que la profesión me salvó. Es una frase justa. Pero quiero hablarles también de mi esposa. De ella aprendí a resistir sin tanta palabrería; por ella, mi polo a tierra, estamos un poco mejor. También agregaría a mi lista de agradecimiento a mis amigos, a los países que nos han acogido; las voces de aliento fuera de nuestro círculo que nos han animado a contar la próxima crónica sobre Nicaragua y al medio donde laboro. Pensé ilustrar con una foto este artículo&nbsp; y no se me ocurre otra que un sol naciente.</p><p>* Editor nicaragüense. Ganador de los premios Ortega y Gasset, Rey de España, IPYS y a la excelencia de la SIP</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/emzzdsMs1ABZOpzbLz2iyhcoY0c=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/octavio_henriquez.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>Destaca la importancia del apoyo de organizaciones a favor del periodismo crítico.]]>
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                                                <category term="mundo-sip" label="Mundo SIP" />
                                <updated>2026-08-24T15:26:19+00:00</updated>
                <published>2026-08-24T15:26:13+00:00</published>
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        <title>
            Cuando el exilio ya no significa silencio
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        <link rel="alternate" href="https://www.horadecierre.org/cuando-el-exilio-ya-no-significa-silencio" type="text/html" title="Cuando el exilio ya no significa silencio" />
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        <author>
            <name>
                <![CDATA[Mariana Belloso]]>
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        </author>
        
                                <content type="html" xml:base="https://www.horadecierre.org/cuando-el-exilio-ya-no-significa-silencio">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kbkn7Lk75UT1S6JZfUig3JUVcyE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_silencio_no_es_opcion.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Mariana Belloso</p><p>Cuando Andrés —nombre ficticio— recibió la llamada de su vecina, lo que escuchó no lo tomó por sorpresa: la policía estaba fuera de su casa con la intención de apresarlo. “Yo me había cuidado hasta entonces. Fue todo un operativo el que hicieron para dar con que era yo la persona que había escrito esas notas y luego para ubicarme”, cuenta desde un tercer país, que desde el año pasado es su lugar de residencia. “Pero ya sabía que, cuando me identificaran, iba a ser la cárcel o el exilio”. Optó por lo último.</p><p>La historia de este veterano periodista se repite, bajo diferentes condiciones y circunstancias, cada vez con mayor frecuencia en la región. Venezuela, Cuba y Nicaragua ya no son los únicos países asociados con la expulsión de periodistas. El Salvador, Guatemala, Perú, Ecuador, Colombia y Honduras registran cada vez más casos de movilidad forzada y desplazamiento interno tras amenazas de grupos de poder, ya sean políticos o vinculados al crimen organizado.</p><p>Solo la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio (RELPEX), programa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) creado para apoyar a estos profesionales a fin de que puedan seguir ejerciendo el periodismo en condiciones dignas, estén donde estén, cuenta ya con casi 500 miembros. La red también proporciona un apoyo a los medios de comunicación que operan desde otros países debido a la persecución sistemática de regímenes autoritarios. Aunque se trata de un fenómeno difícil de medir, entidades como la UNESCO reportaban más de 900 casos en la región para 2025.</p><p>“Este es un problema que va a empeorar antes de mejorar”, advierte Carlos Lauría, director ejecutivo de la SIP. “Y es difícil de medir por lo dinámico y fluido del fenómeno, pero también porque muchas personas optan por no hacer pública su salida, por temor a represalias contra sus familias o relaciones que se quedan en el país de origen”, agrega.</p><p>Aunque existen organizaciones de apoyo al periodismo que ofrecen ayuda a las personas que deben desplazarse, sobre todo para cubrir los costos en momentos de emergencia, el verdadero desafío comienza después: la persona debe encontrar vivienda, resolver sus gastos cotidianos, regularizar su situación migratoria y tratar de reconstruir sus redes profesionales. Todo esto mientras se adapta a la vida en un nuevo país y busca seguir ejerciendo una profesión que pocas veces ofrece estabilidad, incluso en circunstancias normales.</p><p>Muchos no lo logran. Según los datos de la RELPEX, menos de la mitad de las personas en situación de exilio o desplazamiento continúa trabajando como parte de una redacción. La mayoría, sobre todo en países donde el costo de vida es más alto, debe buscar otras formas de subsistencia. Son voces que terminan silenciadas.</p><p>Por ello, los programas que permiten la continuidad laboral de periodistas se vuelven una prioridad, sobre todo para las organizaciones que buscan apoyar al periodismo independiente en entornos adversos. La RELPEX, por ejemplo, que ofrece fondos de emergencia y asistencia legal, ha apostado por un programa de empleabilidad que opera con tres modalidades: un estipendio mensual, fondos de producción periodística y becas de producción con el financiamiento de organizaciones aliadas.</p><p>Las voces que persisten</p><p>La evaluación periódica que realiza la RELPEX muestra que el estipendio de empleabilidad es el que ha tenido mayor impacto. Comenzó en octubre de 2024, con fondos de la Fundación Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés) y 10 periodistas de países como Venezuela, Cuba y Nicaragua. Actualmente hay 21, y pronto se sumarán cuatro más gracias al financiamiento de la organización Internews, con fondos de la Unión Europea, a través del programa AGILE.</p><p>Este fondo ofrece un complemento al pago mensual que el medio hace a la persona periodista, con el objetivo de mejorar su estabilidad económica, reducir su dependencia de otras fuentes de ingresos y aumentar el tiempo que dedica al periodismo.</p><p>Solo durante el primer año, esto significó la producción de unas 800 piezas periodísticas, entre reportajes, investigaciones, entregas multimedia e infografías, entre otros formatos. Esas publicaciones incluyeron investigaciones sobre corrupción, derechos humanos, crimen organizado, migración, medio ambiente y autoritarismo en algunos de los contextos más restrictivos para la libertad de prensa en la región.</p><p>Pero, más allá de las cifras, hay historias que rara vez se conocen. Una de las beneficiarias de la RELPEX cuenta que el apoyo recibido le permitió completar su proceso de regularización migratoria, acceder a servicios de salud y recuperar la estabilidad en un momento crítico de su adaptación al país de acogida.</p><p>Otra profesional señaló que el respaldo económico fue esencial para continuar ejerciendo la profesión y mantener ingresos vinculados a ella. Una tercera agregó que el acompañamiento recibido ha ido más allá de lo económico y le ha significado acceso a formación, redes profesionales y oportunidades para seguir investigando y publicando.</p><p>Los testimonios de otros beneficiarios coinciden en que el impacto trasciende lo económico. Destacan que la mejora de los ingresos les permitió fortalecer sus capacidades para hacer periodismo desde el exilio, y casi todos manifiestan su intención de seguir haciéndolo.</p><p>Esto es relevante porque las condiciones que llevaron a estas personas a salir de sus países de origen no han mejorado y, por tanto, casi ninguna considera regresar.</p><p>“Cuando se logra que un periodista pueda seguir ejerciendo, o vuelva a la profesión después de estas pausas obligadas, no solo se está protegiendo su proyecto de vida, sino que se está abonando al ecosistema de periodismo independiente. Al mismo tiempo, se está facilitando información importante en países que no solo limitan, sino que castigan cualquier tipo de periodismo independiente. Se investigan abusos de poder. Se mantienen vivas conversaciones que estos grupos de poder intentan silenciar. Se previene que haya más desiertos informativos”, agrega Carlos Lauría, de la SIP.&nbsp;</p><p>“Requiere trabajo, esfuerzo y respaldo de la comunidad internacional, pero el exilio ya no tiene por qué significar silencio”, añade el ejecutivo de la SIP.</p><p>La necesidad de este tipo de programas sigue creciendo. Cada año, más periodistas se ven obligados a abandonar sus países y más medios independientes luchan por sobrevivir desde el exilio. La experiencia de la RELPEX demuestra la importancia de apoyar este tipo de esfuerzo, pero también que la demanda sigue superando ampliamente los recursos disponibles.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/Kbkn7Lk75UT1S6JZfUig3JUVcyE=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/08/el_silencio_no_es_opcion.jpeg" class="type:primaryImage" /></figure>En Latinoamérica, los gobiernos autoritarios siguen expulsando a periodistas. Su objetivo, que es callar voces, no se está cumpliendo gracias a la valentía de estas personas y al esfuerzo de las organizaciones que apoyan su labor.]]>
                </summary>
                                                <category term="personalidades-y-el-periodismo" label="Personalidades y el periodismo" />
                                <updated>2026-08-20T11:33:20+00:00</updated>
                <published>2026-08-20T11:33:14+00:00</published>
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        <title>
            Capacitan a periodistas en el exilio frente a los nuevos algoritmos
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        <link rel="alternate" href="https://www.horadecierre.org/capacitan-a-periodistas-en-el-exilio-frente-a-los-nuevos-algoritmos" type="text/html" title="Capacitan a periodistas en el exilio frente a los nuevos algoritmos" />
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        <author>
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                <![CDATA[Julieta Long]]>
            </name>
        </author>
        
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/edcZ8GlbWfjpyRDIhMadhps7tOc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/02/graficos_de_interes.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>En un contexto marcado por la persecución y el desplazamiento forzado de comunicadores en América Latina, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en alianza con la consultora Oceana MediaLab, inauguró un ciclo de capacitación titulado "Social Media para periodistas en el exilio". El programa, destinado a los miembros de la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio (RELPEX), busca dotar de herramientas digitales a quienes se han visto obligados a abandonar sus países debido a la criminalización de su labor.</p><p>El fin de la era de los "amigos": el auge del Gráfico de Interés</p><p>La sesión inaugural, liderada por las expertas Alejandra Cesar y Dalila Dawid, se centró en un cambio de paradigma fundamental en las redes sociales: la transición del Gráfico Social al Gráfico de Interés.</p><p>Según explicaron las ponentes, en etapas anteriores las plataformas privilegiaban el contenido de personas y temas que los usuarios seguían, bajo la premisa de que tendemos a interesarnos por aquello que también interesa a nuestro entorno cercano. Sin embargo, el modelo actual prioriza los intereses individuales, recomendando contenido basado en temas con los que el usuario interactúa, sin importar si sigue o no a la cuenta de origen.</p><p>Para el periodismo, esto implica un cambio drástico en la estrategia: "Lo generalista no funciona tan bien en redes sociales como temas específicos", advirtió Cesar, enfatizando que el algoritmo necesita un "foco" para encontrar a la audiencia adecuada.</p><p>Instagram y TikTok: las nuevas reglas del alcance</p><p>Uno de los anuncios más optimistas para los medios pequeños y periodistas independientes fue la actualización del algoritmo de Instagram en 2024. Las expertas señalaron que la plataforma ahora busca dar a las cuentas pequeñas la misma oportunidad de alcance que a las grandes, evaluando cada pieza de contenido por su capacidad de retención y no solo por el número de seguidores de quien la publica.</p><p>Por su parte, TikTok se consolidó en la charla como la plataforma de "descubrimiento puro". Con un algoritmo altamente personalizado que evoluciona en tiempo real, TikTok permite que un video se vuelva viral desde el "segundo cero" si logra captar la atención inmediata, independientemente de la base de seguidores del creador. Además, se destacó su nuevo rol como motor de búsqueda para las nuevas generaciones, donde el 40% de los jóvenes ya la prefiere por encima de Google para consultas rápidas.</p><p>Facebook: la ventana para la monetización</p><p>A pesar de haber perdido vigencia cultural frente a otras redes, Facebook sigue siendo una pieza clave para la sostenibilidad financiera de los medios. Las expertas recomendaron no abandonar esta red, sino utilizarla para reciclar contenido y aprovechar sus programas de monetización, los cuales han mostrado resultados positivos recientemente, incluso con formatos tradicionales como las fotografías.</p><p>Seguridad y profesionalismo: la base del éxito</p><p>El taller no solo abordó métricas, sino también la importancia de la identidad digital y la seguridad. Se instó a los periodistas a optimizar sus perfiles con biografías claras que incluyan palabras clave (SEO Social) y a mantener una vigilancia estricta sobre las normas comunitarias.&nbsp;</p><p>Este ciclo formativo continuará durante las próximas semanas con sesiones dedicadas a la creación de video (26 de febrero), estrategias en YouTube y SEO (5 de marzo) y un cierre sobre normas de seguridad (12 de marzo). Los participantes que completen el programa recibirán un diploma de la SIP para certificar sus nuevas competencias en el ecosistema digital.</p>]]>
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                                                <summary type="html">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/edcZ8GlbWfjpyRDIhMadhps7tOc=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2026/02/graficos_de_interes.webp" class="type:primaryImage" /></figure>El programa de actualización profesional es ofrecido por la SIP y Oceana Meia Lab.]]>
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                                                <category term="redes-sociales" label="Redes Sociales" />
                                <updated>2026-06-10T21:10:09+00:00</updated>
                <published>2026-02-23T14:28:10+00:00</published>
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            Andrea Ixchíu y la resignificación del desarraigo
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        <link rel="alternate" href="https://www.horadecierre.org/andrea-ixchiu-y-la-resignificacion-del-desarraigo" type="text/html" title="Andrea Ixchíu y la resignificación del desarraigo" />
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                <![CDATA[Hora De Cierre]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.horadecierre.org/andrea-ixchiu-y-la-resignificacion-del-desarraigo">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ebn9m1y0v_rTkDo7Uq3Tso6pCa0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/andrea_ixchiu.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Carolina Amaya</p><p>Del exilio forzado a la reconstrucción del arraigo en tierras mexicanas, la defensora ambiental guatemalteca transforma la adversidad en una fuerza vital para su activismo, su comunidad y su emprendimiento.</p><p>En octubre de 2021, Andrea Ixchíu no sabía que estaba viviendo sus últimos días en Guatemala, el país que la vio nacer y en el que forjó su camino como defensora ambiental, comunicadora Maya K’iche’ y promotora cultural. Ese mismo mes, viajó a Glasgow, Escocia, para participar en la COP26, la cumbre climática más relevante del mundo. Fue allí, lejos de Totonicapán, donde recibió noticias que marcarían un antes y un después en su vida: su regreso a casa ya no era seguro.</p><p>“Me entero que está todo este proceso de criminalización y violencia. Y yo ya no pude volver. Literal, con la maleta con la que salí a la COP me quedé fuera del país”, recuerda Andrea, ahora establecida en México.</p><p>Desde entonces han pasado más de tres años. Lejos de paralizarse, Andrea ha transformado su exilio en un motor de creación, resistencia y transformación. Hoy, resignifica el desarraigo como parte de un proceso vital que impulsa su liderazgo en Futuros Indígenas, una red de activismo ambiental, y da vida a un proyecto familiar de cervecería artesanal: Chela Chicatana, un taller sostenible que florece en tierras mexicanas.</p><p></p>Repensar el exilio<p>Lejos de concebir el exilio como una experiencia únicamente de pérdida, Andrea lo confronta desde una reflexión crítica que desafía las nociones tradicionales.</p><p>“El exilio me ha llevado a cuestionarme mucho la idea clásica que tenemos de los años 80. Hoy implica una serie de violencias distintas: discriminación, precariedad, refugio deshumanizado, e incluso abandono por parte de algunas organizaciones que deberían acompañarnos”, advierte.</p><p>A pesar de estos desafíos, Andrea ha logrado potenciar sus proyectos personales y colectivos. Además de consolidar su rol en Futuros Indígenas, ha sido parte del nacimiento de Milpamérica, una nueva red social impulsada por líderes indígenas de Mesoamérica que busca disputar el relato dominante en el ámbito digital. Desde allí, impulsa un activismo que “hackea la conversación sobre la crisis climática”, dice, desafiando las narrativas impuestas por los poderes hegemónicos.</p><p>“Ante el odio que insiste en negarnos nuestra dignidad, que se empecina en perseguir nuestros sueños y tenernos lejos de casa, cuidar el corazón y sanar el espíritu es fundamental para habitar con fuerza, rebeldía y alegría el cuerpo, los nuevos territorios y seguir ampliando nuestras raíces”, escribe Andrea en uno de sus relatos más personales sobre el exilio.</p>Milpamérica: la disidencia digital<p>Tras su salida de Guatemala, Andrea se volcó al trabajo digital desde el colectivo Hackeo Cultural, donde se gestan narrativas desde y para los pueblos indígenas. De ese cruce de caminos nació Milpamérica, una plataforma creada por 25 defensores del territorio de México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica. El objetivo: construir una red propia que escape de los márgenes del modelo capitalista que domina las redes sociales tradicionales.</p><p>Aunque buena parte de su trabajo ocurre en el plano digital, Andrea mantiene una fuerte conexión con Guatemala. “Sigo vinculada con la bandita, haciendo laboratorios, manteniendo el contacto con la gente de mi territorio”, cuenta.</p><p>También ha encontrado comunidad en México. Forma parte activa de la diáspora guatemalteca que participa en Casa Centroamérica, una organización que acompaña procesos migratorios y fomenta el sentido de pertenencia entre personas desplazadas. Allí, según Amarilis Acevedo, coordinadora de vinculación comunitaria, Andrea es una figura clave: “Una mujer con conciencia política profunda, que con mirada anticolonial nos recuerda que tenemos derecho a habitar esta tierra, sin importar el nombre del país donde nos encontremos”.</p>Chela Chicatana: una venganza hecha con alegría<p>En octubre de 2024, durante una actividad comunitaria de Casa Centroamérica, Andrea presentó a su comunidad el fruto de un sueño compartido con su familia: Chela Chicatana, una cervecería artesanal que nació como acto de resistencia y de amor propio. “Nuestra venganza es ser felices”, escribió Andrea cuando comenzó a formular el proyecto.</p><p></p><p>Chela Chicatana no es una cervecería cualquiera. Inspirada en los valores de autonomía y respeto al territorio, utiliza ingredientes locales, evita conservadores y funciona con energía solar. Más que una bebida, es una celebración del arraigo reencontrado, de la memoria que fermenta en cada lote, de la alegría que resiste.</p><p>Así transcurren los días de Andrea Ixchíu: tejiendo comunidad con la diáspora centroamericana, hackeando las narrativas sobre la crisis ambiental y fermentando cervezas que cuentan historias de exilio, memoria y fuego ancestral. Una vida que no imaginó, pero que hoy abraza con dignidad, convicción y esperanza.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/ebn9m1y0v_rTkDo7Uq3Tso6pCa0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/andrea_ixchiu.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Este texto forma parte de la serie Contar el Exilio, producida en colaboración con DW Akademie, el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión -IPLEX- y la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio -RELPEX-. Forma parte del proyecto Space For Freedom en el marco de la iniciativa Hannah Arendt financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.]]>
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                                                <category term="cronica" label="Crónica" />
                                <updated>2026-06-10T21:10:09+00:00</updated>
                <published>2025-06-23T15:31:49+00:00</published>
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        <title>
            &quot;No es fácil andar rodando en otro país a los 76 años&quot;
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                <![CDATA[Hora De Cierre]]>
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                                <content type="html" xml:base="https://www.horadecierre.org/no-es-facil-andar-rodando-en-otro-pais-a-los-76-anos">
                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fO-eq3i0qL_H-45kTr300AwXSz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/anibal_espinoza.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Roberto Orozco B.</p><p>El destierro es una condena especialmente cruel para los adultos mayores. Con escasas oportunidades laborales, un sistema de salud inaccesible y el peso de enfermedades crónicas enfrentan no solo la precariedad material, sino también la angustia de la separación familiar. La nostalgia de sus raíces y el anhelo de reencontrarse con sus seres queridos los lleva a temer un destino trágico: morir lejos de casa.</p><p>Aníbal Espinoza, de 76 años, suele abstraerse de la realidad. Se sumerge en un limbo de incertidumbre, atrapado en el exilio forzado en una sociedad ajena, individualista y con casi nulas posibilidades de integración para los adultos mayores.</p><p>Actualmente reside en una ciudad de Florida, Estados Unidos, cuyo nombre prefiere omitir por razones de seguridad. La desconfianza y el miedo lo persiguen, un reflejo de los 12 años que pasó en el Ejército Popular Sandinista (EPS), transformado luego en el Ejército de Nicaragua tras la guerra civil.</p><p>Aníbal revive esa sensación de inseguridad cada vez que “mira hacia atrás” y recuerda lo que dejó atrás en Nicaragua. Su esposa, con quien estuvo casado 50 años, falleció el 7 de septiembre de 2022. No pudo estar en su velorio. Sus hijos, sus nietos y su hogar en un barrio leonés quedaron atrás cuando tuvo que huir de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.</p><p>La angustia de la distancia lo consume. “No es fácil andar rodando en otro país a los 76 años”, dice con resignación. Su historia no es única. Pedro René Montoya Baltodano, de 61 años, lamenta no haber conocido aún a sus dos nuevos nietos. Johnny Balmaceda, de 53, sufre la incertidumbre de no tener un techo.</p><p>Todos coinciden en que el exilio forzado a una edad avanzada es una lucha diaria contra la enfermedad, el desempleo y la marginación en sociedades que priorizan la juventud y discriminan a los “viejos”, especialmente cuando son migrantes y, para muchos, extraños.</p>El origen del destierro<p>Aníbal, Pedro y Johnny fueron perseguidos políticos en Nicaragua. Huyeron en distintos momentos, primero a Costa Rica, donde sobrevivieron en condiciones precarias durante casi cuatro años, y luego a Estados Unidos tras recorrer más de 2,520 kilómetros desde San José hasta la frontera con México.</p><p>Su "delito" fue haber reunido dos condiciones: ser militares en retiro y haber apoyado las protestas de abril de 2018. Pedro y Aníbal acompañaron al excoronel Carlos Brenes Sánchez en la placita de Monimbó, donde un grupo de militares retirados del EPS exigió la renuncia de Daniel Ortega y Rosario Murillo, a quienes responsabilizaron por la violencia y la crisis política de entonces.</p><p>Según organismos de derechos humanos, la represión estatal dejó al menos 355 muertos.</p><p>“Yo me tuve que ir de mi país de un momento a otro”, cuenta Aníbal. “Salí de una conferencia de prensa en el CENIDH (Centro Nicaragüense de Derechos Humanos) y me llamó un policía conocido para advertirme que no regresara a León porque había una orden de arresto en mi contra. Me aconsejó que huyera de inmediato”, relata.</p><p>Johnny también tuvo que huir. “El 28 de julio de 2018 me vi obligado a exiliarme por la crisis sociopolítica en Nicaragua. Para proteger mi vida, tuve que cruzar hacia Costa Rica por un punto ciego”, detalla.</p><p>Pedro y su hijo, de 16 años, participaron en las protestas desde el inicio. Antes de escapar, se escondieron durante 10 meses mientras el joven se recuperaba de las heridas de bala que sufrió en la brutal Operación Limpieza de julio de 2018. Cuando la policía descubrió su refugio, no tuvieron más opción que huir a Costa Rica el 9 de mayo de 2019.</p>Viejos y desplazados<p>La huida marcó el inicio de su suplicio. De dormir en parques bajo la lluvia en plena temporada invernal costarricense, a pasar hambre y desesperación por la falta de trabajo y refugio. Entre el frío y la humedad, recordaban los días en que tenían un hogar, una familia, un plato de frijoles humeantes y el café nicaragüense que tanto extrañaban. Las lágrimas fluían solas.</p><p>Un estudio de la Universidad de Costa Rica (UCR) identifica a los migrantes adultos mayores como un grupo de alta vulnerabilidad. Su condición de exiliados, viejos y nicaragüenses alimenta en Costa Rica un imaginario social de discriminación y rechazo.</p><p>La psicóloga Ruth Quirós Hernández, especialista en trauma del Colectivo de Derechos Humanos Nicaragua Nunca Más, ha atendido a centenares de perseguidos y reos políticos. Sus hallazgos coinciden con los del estudio de la UCR: la soledad y la precariedad agravan la salud mental y física de los exiliados.</p>Pedro Montoya empuja una gigante carreta en el almacén donde trabaja en una ciudad de Ohio, Estados Unidos. Cortesía.Soledad, hambre y frío<p>Johnny describe la desesperanza de sus primeros días en Costa Rica. “El primer gran problema fue la soledad. Sin familia, sin dinero y sin techo, dormí en los parques La Merced y Central de San José, con hambre y frío. Intentaba descansar en las frías bancas mientras mi estómago rugía de hambre”.</p><p>Pedro recuerda con tristeza cómo su familia se desmoronó: “Toda una vida de más de 30 años de unidad familiar se destrozó. La separación fue devastadora”.</p><p>Quirós explica que la vejez trae consigo una mayor dependencia emocional. La separación familiar, en este contexto, se convierte en un golpe devastador.</p><p>Aníbal lo vivió de la peor manera: “No pude enterrar a mi esposa. Medio siglo juntos… me dolió muchísimo”.</p>El desafío de la supervivencia<p>Además de la distancia, enfrentaron otro desafío: la autosuficiencia en países donde el mercado laboral excluye a los mayores.</p><p>“Soy un ‘joven’ de 76 años y no tengo trabajo en Estados Unidos”, dice Aníbal con ironía. “Sobrevivo gracias a la ayuda de personas altruistas”.</p><p>La legislación costarricense protege el derecho al trabajo de los adultos mayores, pero solo para los nacionales. Para los exiliados, no hay políticas de apoyo.</p><p>Quirós lo resume con crudeza: “Costa Rica no está preparada para recibir a tantos exiliados forzados. Para los adultos mayores nicaragüenses, la situación económica y laboral es insostenible”.</p>Johnny Balmaceda repara una cocina eléctrica. Aprovecha sus conocimientos en electrónica para desempeñarse como técnico en los Estados Unidos, donde emigró tras salir de Costa Rica. Cortesía.Atención médica: un lujo inalcanzable<p>En Costa Rica, Aníbal, Pedro y Johnny no pudieron acceder a medicamentos básicos para la diabetes y la hipertensión. En Estados Unidos, la situación no es mejor.</p><p>“Aquí sí te atienden, pero después te llega una factura impagable”, explica Aníbal.</p><p>Pedro, ahora en Ohio, sufre el frío extremo sin acceso a medicinas. “El cambio de clima me afecta mucho. Solo me queda aliviarme con remedios caseros”.</p><p>El alto costo de la salud en Estados Unidos ha llevado a Johnny a la desesperación. “Cuando consigo trabajo, me explotan. Jornadas de 14 o 16 horas por un pago miserable. Me ha llevado a la depresión”.</p>Morir en el exilio<p>Los tres comparten un mismo deseo: regresar a Nicaragua antes de morir.</p><p>Pedro añora las madrugadas con su esposa, vendiendo pan y diseñando zapatos en su taller. Extraña el nacatamal de los domingos, el sonido de la marimba y las fiestas tradicionales.</p><p>“En mi pensamiento no se apaga la esperanza de ver a mi país libre y abrazar a mi familia”, dice con la voz entrecortada.</p><p>Porque para ellos, morir en el exilio no es una opción.</p>]]>
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/fO-eq3i0qL_H-45kTr300AwXSz0=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/anibal_espinoza.webp" class="type:primaryImage" /></figure>Este texto forma parte de la serie Contar el Exilio, producida en colaboración con DW Akademie, el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión -IPLEX- y la Red Latinoamericana de Periodismo en el Exilio -RELPEX-. Forma parte del proyecto Space For Freedom en el marco de la iniciativa Hannah Arendt financiada por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.]]>
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                <published>2025-06-11T14:56:05+00:00</published>
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            Atemporal Trío: Música, exilio y transmutación
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                    <![CDATA[<figure><img src="https://cdnartic.ar/8WH81o5jcjxJIeUEizGOmSc1z0Q=/800x0/filters:no_upscale():format(webp):quality(40)/https://horadecierrecdn.eleco.com.ar/media/2025/06/atemporal_trio_musica_exilio_y_transmutacion.webp" class="type:primaryImage" /></figure><p>Por Daniella Fernández Realin</p><p>A menos de treinta kilómetros de La Habana, hacia el noroeste de la —a menudo olvidada— provincia de Mayabeque, se encuentra el municipio de San Felipe y Santiago del Bejucal. O, simplemente, Bejucal. Un pueblo que, según datos oficiales de 2017, albergaba a unos 27 mil habitantes. Hoy, seguramente, son menos. Un territorio bendecido tanto por los santos apóstoles españoles, que le dieron nombre, como por los bejucos, esas enredaderas obstinadas que trepan cualquier estructura con la misma naturalidad con la que el pueblo florece en arte.</p><p>Algún habana-céntrico podría decir que en Bejucal no hay lugar para el realismo mágico. Pero estaría equivocado. Bejucal es cuna de formas de arte popular tan desobedientes como proféticas. Un arte que rara vez encuentra refugio en la academia, pero que pulsa en la calle, en los cuerpos, en las voces.</p><p>En este paisaje de creatividad indócil se conocieron Noslen Porrúa, Mario Miguel García y Jessica Zequeira, los tres integrantes de Atemporal Trío. Una agrupación marcada por la nueva trova, el amor por la música y, desde 2022, por el exilio.</p><p>Jessica y Nolsen viven ahora en Moreno, uno de los 135 partidos de la provincia de Buenos Aires. Una “zona oeste” a la que los porteños describen como selvática. No es un barrio céntrico ni turístico; no está a distancia caminable del Obelisco ni del Teatro Colón —aunque, en rigor, nada en Buenos Aires está a distancia caminable—. Llegar desde Moreno hasta la emblemática Mafalda de San Telmo exige varias combinaciones de transporte. Google Maps calcula casi dos horas de viaje.</p><p>Y, justamente por eso, es que eligieron vivir allí.</p>Jessica y Noslen son ahora orgullosos habitantes de Moreno, uno de los 135 partidos de la provincia de Buenos Aires. Una «zona oeste» selvática, como la llaman los porteños. No es un lugar céntrico ni turístico<p>—Nunca me gustaron las capitales para vivir —dice Noslen—. Creo que es Carpentier quien dijo que “nadie medianamente inteligente escoge una capital para vivir”. Yo no me considero inteligente, pero necesito estar al lado de la gente de la tierra. Si no, uno se enferma. Es simple.</p><p>Es 24 de diciembre. Me reciben en su casa, devorada por la vegetación, poblada por más perros de los que logro contar y una gata que no aparece. Jessica, reacia a dar entrevistas, me sirve café como quien recibe a un hermano que vuelve después de mucho tiempo. Todo resulta familiar. Se mueven entre preparativos para la cena de Nochebuena. Hay invitados de todas las edades y lugares.</p><p>Mario vive en Caballito, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, junto a su esposa Lisandra. Desde allí, puede estar en San Telmo en menos de 40 minutos. Su departamento es pequeño, pero suficiente para los dos, sus instrumentos, y una perrita llamada Pitu.</p><p>Me recibe el 25 de diciembre, apenas regresado de un almuerzo solidario en una iglesia local.</p>Mario vive junto a su esposa Lisandra en Caballito, un barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.Hermanos por la música, distintos por naturaleza<p>Mario y Noslen se definen como hermanos. La conexión entre ellos es profunda, aunque, a veces, parezca inconexa. Mario habla de Cristo Rey; Noslen, de Krishna y Buda. Tienen gustos disímiles, estilos opuestos para decorar sus casas, edades distintas —Mario es cuatro años mayor— y hasta tonos de voz contrastantes. Pero comparten la felicidad que les da la música. Y eso fue, quizá, lo que los unió. Eso y el Servicio Militar Obligatorio.</p><p>—En Bejucal, todo el mundo se conoce —dice Mario—. Más aún si compartís intereses culturales.</p><p>Mario descubrió la música en su infancia, con un disco de Los Beatles que era de su tío. Aprendió guitarra en talleres de la Casa de Cultura y en la iglesia, aunque su formación fue en gran parte autodidacta. Tocó en bandas como Rosa Náutica, No Parqueo y Manhattan —esta última de rock cristiano—, nombres que hoy le provocan una sonrisa.</p><p>A los 18 años lo llamaron para cumplir el SMO, pero le diagnosticaron bajo peso. “Volvé cuando subas unos kilos”, le dijeron. Nunca volvió. Durante cuatro años consecutivos recibió la misma respuesta.</p><p>En una de esas citaciones se reencontró con Noslen, recién graduado de la Escuela de Instructores de Arte y con un disco grabado en un estudio improvisado en La Habana. Mario lo escuchó y lo encontró “interesante”.</p><p>Se volvieron a cruzar en 2006, en una peña de artistas en Bejucal. Tocaron ambos. A Mario le impactaron las letras de Noslen, cargadas de crítica y cuestionamiento. Noslen estaba iniciando un camino espiritual que él mismo llama “transmutación”. Un proceso que marcaría su obra y lo prepararía para resistir lo que vendría.</p><p>—Cuando ocurre eso —dice— no hay regreso posible.</p><p>Empezaron a tocar juntos en 2007. Influenciados por la trova de Santa Clara, crearon Despeja X, luego rebautizado como Enfusión. Su primer concierto fue en marzo. Noslen recuerda aquel proyecto como un laboratorio sonoro. Experimentaron con trova, rock, funk, balada, country. Su disco Bendita indisciplina (2015) aún puede escucharse en Spotify.</p><p>La banda se mantuvo hasta 2019, cuando Noslen decidió retomar su camino como solista.</p><p>—Era el mejor momento del grupo —dice—, pero yo necesitaba volver a lo acústico. Había cumplido un ciclo. Me fui cuando más cómodos estábamos.</p><p>—Todas las bandas atraviesan crisis —añade Mario—. Son como relaciones de pareja. A veces hay divorcios.</p><p>Noslen impulsó una peña llamada Cantores y poetas, donde 12 músicos y 12 poetas compartían escenario. El espacio llegó a reunir hasta 300 personas. Pero su tono irreverente encendió las alarmas del Gobierno. En los muros de Bejucal comenzaron a aparecer frases de Lezama Lima y Virgilio Piñera. La provocación creció. Tras una presentación de Jorgito Kamankola, la pared amaneció con una consigna tajante: “Muerte al presidente Miguel Díaz-Canel”.</p><p>La represión no tardó. Noslen fue citado por la Contrainteligencia. Durante más de dos horas, lo interrogaron.</p><p>—Me sorprendió que sabían más de mi música que algunos periodistas —recuerda—. No entendían las canciones. Y lo que no se entiende, se vuelve peligroso.</p><p>La reunión concluyó con una frase de película: “Esto nunca ocurrió”.</p>De Bejucal al exilio<p>Julio de 2021. El país colapsa. La pandemia agrava una crisis ya insoportable. El 11 de julio estalla una ola de protestas. Bejucal no fue la excepción.</p><p>Mario se despertó con una resaca: la noche anterior, Argentina, liderada por Messi, había ganado la Copa América tras 30 años. Pero esa mañana, las redes sociales mostraban otra cosa: la gente en las calles exigiendo libertad.</p><p>Lisandra, desde Santiago de Cuba, le pidió que no saliera. Pero camino a casa se cruzó con amigos músicos que ya estaban listos para sumarse. Las calles del pueblo se llenaron con el ritmo de Patria y Vida y el clamor de cientos de jóvenes.</p><p>Al día siguiente, fue citado al Museo Municipal. La excusa era tratar temas presupuestarios. Salió esposado. En la celda conoció a Abelito, un adolescente negro y gay, que había sido arrestado sin explicación.</p><p>Mario pasó 13 días preso. Dio positivo a Covid-19, lo que, según él, lo salvó de las golpizas. Escuchó gritos, rezó, enseñó a rezar. Pensaba en Lisandra. Salió el 25 de julio. La vigilancia continuó. Le prohibieron actuar. Le quitaron el financiamiento. Lo asfixiaron.</p><p>Entonces, Noslen y Jessica —con quienes ya tenía un nuevo proyecto— lo incorporaron. Así nació Atemporal Trío. Pero cuando las autoridades se enteraron, ellos también quedaron fuera del presupuesto provincial.</p><p>En octubre de 2021, los cuatro tomaron una decisión: irse de Cuba.</p><p>—Nos vamos porque me van a matar de tristeza —dijo Mario—. Yo puedo ser herrero, si tengo libertad para cantar lo que quiero.</p>Atemporal en Buenos Aires<p>El destino fue Argentina. Podía haber sido cualquier otro país. Pero Noslen tenía contactos tras una gira previa. El 26 de abril de 2022, partieron con sus guitarras y una carta del Ministerio de Cultura argentino. Habían sido invitados a la Feria del Libro de Buenos Aires.</p><p>Dos autos conducidos por monjas los llevaron al aeropuerto. La policía los detuvo en el camino. Preguntas, revisiones. Primera señal de que el viaje no sería fácil.</p><p>En el aeropuerto, el vuelo fue cancelado. Pasaron dos días en un hotel cinco estrellas en Miramar. Nunca habían estado en uno. Noslen lo vivió como una luna de miel. Mario, en cambio, no halló paz.</p><p>El 28 de abril, finalmente, volaron. A Mario lo separaron en migraciones. Lo interrogaron durante 45 minutos. “Fue un recordatorio de por qué no debía regresar”, dice.</p><p>Al aterrizar, se abrazaron los cuatro. Sabían que no habría vuelta atrás.</p>«Ha sido un proceso difícil, pero buenísimo». Así me describe Mario estos dos últimos años en Argentina. «Es importante combatir el miedo. Ese miedo pasa (...) Si Dios me trajo hasta acá es para poder salir adelante».Música, trabajo y vida nueva<p>Su primer recuerdo de Buenos Aires es el predio de la AFA. Allí empezó su nueva vida. Una gira de cuatro meses, más de 50 conciertos. Luego vinieron los obstáculos: papeles, empleos, arraigo.</p><p>Vivieron juntos en una casa en San Telmo en proceso de remodelación. Allí asistieron a su primera misa en Argentina y encontraron su primera comunidad.</p><p>Hoy, Mario y Lisandra viven en Caballito. Él abrió un taller de herrería con otro cubano, Home Cuba Factory. Ella trabaja en un bar y estudia marketing.</p><p>—A mis 38 años, ya no quiero ser famoso. Solo quiero ser feliz. Y la felicidad es libertad —dice Mario.</p><p>Noslen trabaja con su moto como repartidor. Valora el tiempo que le queda para la música. Hace poco retomó la composición. La última canción que escribió en Cuba no tenía melodía. Porque, según dice, el duelo no tiene música.</p>Noslen retomó hace poco el ejercicio de la composición, tras una pausa de dos años. La última canción que compuso fue en Cuba, antes de su salida.Y si se sembró la duda / Se sembró el silencio / Se sembró en lo hondo / Se sembró en el centro...<p>Dos años después, Atemporal Trío sigue activo. Tienen proyectos para 2025. No revelan detalles, pero sonríen.</p><p>—Cuando necesito reconectar con Cuba, me miro al espejo —dice Mario—. Yo soy Cuba.</p><p>Noslen, en cambio, ya no se llama exiliado. Se considera ciudadano del mundo. Aprendió a soltar.</p><p>—No cargo más con el dolor —dice—. Si estás en otro país, hay una aventura que transitar. Y muchas cosas que te van a alimentar. El dolor nubla la lucidez. Las verdaderas transformaciones suceden tranquilamente.</p><p>El 26 de abril de 2022, mientras partían, Jessica le dijo que parecía que solo iba a comprar pan. Él se rió. Y se sigue riendo.</p>Mario habla de transformar el dolor del exilio en una aventura diaria, de reconstruir la vida que le fue arrebatada. «Cuando necesito reconectar con Cuba, me miro al espejo», dice. «Mi forma de cantar es la de un cubano. Mis hijos, si Dios quiere, serán argentinos, pero su padre será siempre cubano».]]>
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                <published>2025-06-06T00:30:42+00:00</published>
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